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Las Fallas de Valencia constituyen una de las fiestas más singulares y reconocidas en toda España, no solo por su componente festivo, sino por el arte efímero, la sátira y el orgullo identitario que transmiten. Cada mes de marzo, la capital del Turia se llena de monumentos, petardos y música, atrayendo a miles de turistas nacionales e internacionales. Sin embargo, la pandemia obligó a suspender esta celebración por primera vez en décadas, obligando a repensar algunos aspectos relacionados con la seguridad, la organización y el impacto medioambiental. El resultado ha sido una visión renovada de la fiesta, que se proyecta hacia el futuro sin perder su esencia.
El origen de las Fallas se remonta a la práctica de los carpinteros valencianos que, la víspera de San José, quemaban los desperdicios de madera acumulados durante el invierno. Con el paso de los siglos, esta costumbre derivó en la construcción de monumentos (las propias fallas) que representan escenas críticas y humorísticas de la sociedad. Cada año, los artistas falleros compiten por alzar creaciones de gran magnitud y detalle, integrando ninots (figuras) que, a menudo, caricaturizan a políticos, famosos o situaciones de actualidad. La sátira es una de las señas de identidad, lo que ha permitido que la fiesta se mantenga siempre viva y cercana a la realidad cotidiana.
La declaratoria de las Fallas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016 consolidó su prestigio a nivel internacional. A esta dimensión cultural se suman las vertientes económicas y sociales: las comisiones falleras, formadas por vecinos de cada barrio, participan activamente durante todo el año en la recaudación de fondos, la organización de eventos y la confección de los monumentos. Se trata, por tanto, de un entramado asociativo que vertebra la vida de miles de personas en la ciudad y que genera un fuerte sentimiento comunitario.
Cuando en 2020 estalló la pandemia, todo el engranaje festivo se vio abruptamente interrumpido. La suspensión de las Fallas supuso no solo una pérdida económica de millones de euros para sectores como la hostelería, la pirotecnia, las floristerías o los talleres de artistas falleros, sino también un duro golpe anímico para la sociedad valenciana. Con un panorama de incertidumbre, muchos se preguntaban cómo regresarían las Fallas y si sería posible mantener la esencia en un contexto de restricciones sanitarias.
En 2021 se llevaron a cabo unas Fallas atípicas, reprogramadas y con medidas de seguridad: aforos limitados, distancia social y mascarillas en actos multitudinarios como la mascletà o la ofrenda de flores. Aunque las celebraciones no tuvieron la misma magnitud, sirvieron de experimento para comprobar la viabilidad de la fiesta en circunstancias extraordinarias. Durante este período, se produjeron avances en la digitalización: varias comisiones utilizaron plataformas virtuales para compartir la plantà (el montaje de los monumentos) o la cremà (la quema final) con aquellos que no podían asistir presencialmente. Además, la promoción en redes sociales permitió mantener el vínculo con los seguidores de la fiesta y atraer el interés de nuevos públicos.
Paralelamente, el parón obligó a reflexionar sobre la sostenibilidad de la fiesta. Uno de los debates más intensos gira en torno al uso de materiales altamente contaminantes, como el poliestireno expandido (porexpán), en la construcción de los ninots. Varias comisiones y artistas falleros han apostado en los últimos años por incorporar cartón, madera y otros componentes reciclables. El objetivo es reducir la huella ambiental de la cremà, minimizando las emisiones tóxicas y el impacto en la calidad del aire de la ciudad. Aunque la transición es gradual y requiere de mayor inversión y formación, existe una tendencia clara hacia la incorporación de criterios ecológicos en las Fallas del futuro.
Otro aspecto que ha evolucionado es la organización y planificación de actos. Tradicionalmente, la fiesta se concentraba en unos pocos días de marzo, con grandes aglomeraciones de público en la plaza del Ayuntamiento para ver las mascletàs. En la etapa post-pandemia, se han ensayado fórmulas para escalonar los eventos y repartir las actividades por distintos barrios, evitando concentraciones excesivas. Aunque esto se ha hecho por motivos de salud, también ha puesto de relieve la conveniencia de diversificar la oferta y promover un turismo más respetuoso, huyendo de la masificación.
Por otro lado, la dimensión digital que se ha abierto durante este tiempo no se ve únicamente como un parche de emergencia, sino como una oportunidad de modernizar la difusión de la fiesta. Hoy, es frecuente encontrar aplicaciones móviles que ubican en tiempo real las fallas censadas, ofreciendo información detallada de cada monumento y de los actos programados. Esto mejora la experiencia de vecinos y visitantes, y contribuye a una mejor gestión de flujos turísticos. Además, algunas comisiones han organizado concursos en línea, charlas con artistas falleros y campañas de micromecenazgo para subvencionar sus proyectos.
En cuanto a la pólvora, que forma parte ineludible del ADN fallero, también se debaten medidas para minimizar el ruido y la contaminación. Algunos pirotécnicos han investigado composiciones más limpias y se experimenta con espectáculos piromusicales donde la banda sonora aporta un componente estético adicional. Con ello, la fiesta se adapta a sensibilidades actuales y busca reducir el impacto sobre la población más vulnerable, como niños pequeños o personas con hipersensibilidad auditiva.
Las comisiones falleras, por su parte, han mostrado gran capacidad de resiliencia. Durante la pandemia, varias se volcaron en tareas solidarias, como la donación de alimentos o la fabricación de mascarillas. Este tejido humano, compuesto por centenares de agrupaciones barriales, refuerza la idea de que las Fallas no son únicamente un negocio turístico, sino una tradición viva que involucra a familias enteras y que va más allá de la semana principal de fiestas. Al margen de la pólvora y los monumentos, se celebran concursos de paellas, juegos populares, exposiciones de indumentaria y eventos caritativos.
Mirando al futuro, la sensación general es que las Fallas seguirán evolucionando para armonizar la tradición con los retos actuales de sostenibilidad, seguridad y digitalización. La experiencia pandémica ha acelerado algunos procesos, permitiendo al sector fallero replantearse ciertas costumbres e innovar en la manera de involucrar a la ciudadanía y difundir la fiesta. Se busca un equilibrio entre la inconfundible esencia fallera—basada en la sátira, la crítica y la alegría colectiva—y los requerimientos de una sociedad cada vez más consciente de su huella ambiental y más exigente en términos de organización y seguridad.
En definitiva, el nuevo enfoque de las Fallas post-pandemia mantiene el fervor y la emoción que caracterizan la fiesta, pero añade aprendizajes que aspiran a reforzar su legado a largo plazo. El uso de materiales menos contaminantes, la adopción de herramientas digitales para difundir eventos y la planificación más escalonada son algunos de los pasos que demuestran la voluntad de adaptarse sin renunciar a la identidad histórica. Así, la capital del Turia continuará alumbrando monumentos efímeros y espectáculos pirotécnicos que cautiven al mundo, a la par que atiende los desafíos del presente y se proyecta hacia un porvenir más sostenible e inclusivo.